Written by 10:34 pm Efecto placebo

¿Merece confianza la medicina actual?

Los laboratorios farmacéuticos pagan a la prensa grandes sumas de dinero para reeditar artículos que informan de las pruebas clínicas referidas a sus productos.
Mano con pastillas blancas
Los estudios de control doble ciego que se realizan para dilucidar si un medicamento o un tratamiento determinado son útiles constituyen una práctica muy dudosa y engañosa. Dado el estado subjetivo impreciso e indeterminado de los sujetos objeto del estudio, estos ensayos, que se consideran el eje de la ciencia médica, pueden producir resultados irreales, artificiosos y francamente fraudulentos. Aun así, se presentan como «prueba» de la autenticidad de las investigaciones científicas y de las aplicaciones médicas en la medicina actual. 
 
Todo esto está cambiando ahora a raíz de la reciente divulgación en publicaciones médicas de investigaciones fraudulentas o de mala calidad, como, por ejemplo, la omisión de datos cruciales sobre el fármaco Vioxx contra la artritis o de la publicación de dos ponencias del investigador surcoreano doctor Hwang Woo Suk, quien presentó falsas pruebas de haber clonado células humanas.

Las publicaciones han manipulado la información a favor de la industria farmacéutica

Richard Smith, ex director del British Medical Journal, y Richard Horton, director de The Lancet, también editada en el Reino Unido.

Las publicaciones tienen un interés particular en satisfacer a los gigantes de la industria farmacéutica; no en vano los anuncios de estas empresas sustentan a esas publicaciones (y también a los demás medios de comunicación). Además, los laboratorios farmacéuticos pagan a la prensa grandes sumas de dinero para reeditar artículos que informan de las pruebas clínicas referidas a sus productos. Algunas de estas publicaciones no desmienten los casos de fraude conocidos por miedo a acciones legales, y «es posible que tengan que hacer frente a fuertes conflictos de intereses a la hora de publicar un estudio», admitió el doctor Smith. A veces les es más fácil hacer la vista gorda ante datos fraudulentos con la esperanza de que nadie se dé cuenta. Los fraudes también se pasan por alto en parte porque los editores se han resistido durante mucho tiempo a poner en duda a los autores.
 
El sistema de revisión colegiada de las publicaciones médicas, que supuestamente deben mantener a raya los estudios médicos fraudulentos, es hoy en día más que dudoso, si se tienen en cuenta las recientes divulgaciones de estudios erróneos. Pero aún hay más razones para no tomarse demasiado en serio la investigación médica. En 1994 y 1995, investigadores del Massachusetts General Hospital inspeccionaron a más de 3.000 académicos y descubrieron que el 64 % tenía vínculos económicos con la industria farmacéutica. Según su informe, publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA), el 20 % de los 3.000 científicos admitió haber retrasado la publicación de los resultados de diversas investigaciones durante más de 6 meses a fin de conseguir las patentes y «frenar la divulgación de resultados no deseados». «A veces, si alguien acepta la subvención de un laboratorio, tiene que comprometerse a no divulgar nada sin su consentimiento. Esto tiene un efecto negativo en la ciencia», afirma el bioquímico Paul Berg, galardonado con el premio Nobel. Es más, un importante informe de la Office of Technology Assessment (OTA), del congreso de Estados Unidos, llegó a una de las conclusiones más asombrosas. En dicho informe, del año 1978, se declaraba: «Tan sólo del 10 al 20 % de todos los procedimientos aplicados actualmente en medicina han resultado eficaces en pruebas controladas». En su número de octubre de 1991, la prestigiosa revista British Medical Journal (BMJ) confirmó el informe al declarar que alrededor del 85 % de todos los procedimientos médicos e intervenciones quirúrgicas carece de fundamento científico. En otras palabras, del 80 al 90 % de los tratamientos médicos comunes aplicados a la población en general no tienen respaldo científico alguno, y es dudoso que en general estén justificados. Estas conclusiones coinciden con las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que confirman que el 90 % de todas las enfermedades existentes en la actualidad no pueden tratarse con procedimientos médicos ortodoxos. Sin embargo, el sistema médico oficial declara que es la autoridad suprema en el tratamiento de estas enfermedades.

En 1994 y 1995, investigadores del Massachusetts General Hospital inspeccionaron a más de 3.000 académicos y descubrieron que el 64 % tenía vínculos económicos con la industria farmacéutica.

Andreas Moritz

Muchos médicos creen realmente que lo que hacen se basa en la más pura ciencia. No obstante, sería un error generalizar estas conclusiones. Algunos métodos muy eficaces de la medicina moderna superan cualquier otra forma de tratamiento. Tienen que ver principalmente con afecciones agudas debidas a accidentes, como, por ejemplo, quemaduras, fracturas, infartos de miocardio, ciertas infecciones graves y cuestiones higiénicas. El alto índice de eficacia de los tratamientos médicos en estos casos es un logro realmente notable y ejemplar. En el 90 % restante de enfermedades que la OMS considera que no pueden tratarse mediante enfoques médicos convencionales, las técnicas modernas de investigación no han conseguido hasta ahora producir ningún resultado espectacular. Estas dolencias incluyen las típicas enfermedades crónicas, como cardiopatías, artritis, diabetes, cáncer, etc. La enfermedad crónica es el efecto combinado de uno o varios factores causales que raramente, en el mejor de los casos, se tienen en cuenta o se reconocen en los tratamientos médicos convencionales. Con respecto a la enfermedad crónica, y a diferencia de una lesión accidental, por ejemplo, no basta simplemente con tratar de determinar sus síntomas. Por tanto, realizar estudios fiables sobre enfermedades crónicas es prácticamente imposible, a menos que, por supuesto, en los procedimientos experimentales se incluyan factores cruciales como la dieta, el estilo de vida, el estado de ánimo, las emociones, la existencia de conflictos u otros factores semejantes.
 
Parece ser que ningún investigador llega a considerar tan siquiera el hecho de que el mecanismo de curación que se desencadena cuando el paciente cree a ciencia cierta en un remedio tiene lugar no sólo en el grupo de control que recibe el placebo, sino también en el grupo experimental principal. No es demasiado científico declarar que un fármaco nuevo resulta porcentualmente más eficaz que un placebo cuando el efecto placebo –la confianza del paciente en una sustancia química– opera en ambos grupos. El hecho mismo de que en cada estudio deba incluirse el efecto placebo como parte esencial del mismo demuestra que la subjetividad de los pacientes en ambos grupos sigue siendo el factor determinante del resultado del experimento. Si en el grupo de placebo se obtiene una tasa de eficacia del 35 % y en el grupo del fármaco del 40 %, es obvio que al menos un 35 % del éxito del grupo del fármaco se debe al efecto placebo y que el fármaco en sí tan sólo produce un 5 % de la mejora. Una eficacia del 1 al 3 %, como mucho (dejando de lado otros factores, como el estado emocional y mental), no justifica que se administre una sustancia química a millones de supuestos pacientes. Sin embargo, ésta se aconseja y se vende como un tratamiento efectivo. De ello se deduce que la investigación médica no puede considerarse objetiva o científica.
 
Moritz, Andreas. Los secretos eternos de la salud (SALUD Y VIDA NATURAL) (Spanish Edition) (pp. 50-54). EDICIONES OBELISCO S.L.. Kindle Edition.
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