Written by 10:57 pm Efecto placebo

Efecto placebo ¿Por qué unos se curan y otros no?

Si el miedo genera o empuja nuestros pensamientos y acciones, hace surgir exactamente aquello que tememos.
Doctor and patient holding hands
No existe un método simple o mágico que haga creer a un paciente a pies juntillas en el tratamiento que recibe. La eficacia de la respuesta placebo depende principalmente del estado psicológico del paciente y de si cuenta con una buena razón para confiar en su médico.
 
A continuación se describen tres grandes categorías de personas que pueden determinar la capacidad para superar una enfermedad grave o potencialmente mortal:
 
1. Hay quien se deprime por todo lo que le ocurre. Culpa a los demás y a las circunstancias de su sufrimiento. No es feliz mientras ve a los demás satisfechos y alegres, pues ello le hace creer que es un perdedor. Ver felices a los otros hace que empeore. Le falta entusiasmo y autoestima, y la perspectiva que tiene de la vida es funesta. Se encoleriza sin motivo. A menudo siente que no se gusta a sí mismo o incluso se siente inferior a los demás. Muchas veces dice cosas como éstas: «Haga lo que haga, nada me sale bien», o «desde el principio supe que la medicina no me ayudaría». Ha sido desdichado y se ha sentido mal la mayor parte de su vida, e intenta no pensar en el pasado. Se rinde fácilmente y se justifica a sí mismo diciendo: «Es demasiado difícil», o «de todos modos, no le importo a nadie». Se siente víctima y se comporta como tal. Busca la compasión, y se enoja cando no la recibe. Cree que la vida no tiene mucho que ofrecerle y no encuentra una razón para vivir. Prefiere juntarse con amigos que estén tan deprimidos como él.

Si el miedo genera o empuja nuestros pensamientos y acciones, hace surgir exactamente aquello que tememos.

Andreas Moritz

2. Hay quien es un luchador y no quiere abandonar nunca. Esta resolución le lleva a vivir episodios de dolor y agonía. Desea desesperadamente vivir y a menudo dice cosas como éstas: «Voy a acabar con esto», o «no voy a permitir que esto acabe conmigo». Sin embargo, está muy asustado y tiene miedo de fracasar. A menudo se siente solo y duda. Esperanza es una palabra que tiene un gran significado para él: se aferra a ella como si fuera un salvavidas.
 
3. También hay quien se toma la vida con calma y relajadamente. Cree que su enfermedad no es una coincidencia, ni tan siquiera una razón para sentirse preocupado o colérico. No tiene miedo de la enfermedad porque la interpreta como una respuesta del cuerpo y una gran señal o una lección que puede conllevar grandes cambios en su vida, algunos de los cuales no estaba dispuesto a asumir con anterioridad. No siente la urgencia desesperada de acabar con la enfermedad y prefiere pasar por los malos momentos de un modo consciente. Su actitud ante la enfermedad no es negativa, aunque ésta haga que se sienta mal temporalmente. Escucha los mensajes que le envía el cuerpo y aprende de ellos. Acepta la responsabilidad de haber creado en cierto modo esa situación, pero no alberga sentimientos de culpa o de autocastigo. La idea de buscar un sentido a todo en la vida –positivo o negativo– no es una teoría, sino un modo práctico de vivirla. Siente gratitud hacia sí mismo y hacia los demás por lo que la vida es en ese preciso instante. Cree que hay un objetivo importante en la vida y siente que de un modo u otro lo está llevando a cabo. Cada momento es una oportunidad valiosísima para crecer y aprender de la vida y estar más preparado. La muerte no es un tema terrorífico para él, pues sabe que la vida no se acaba con la muerte física, y que también el acto de morir tiene un sentido. Se dedica a temas como la meditación, la curación energética y el cuidado del cuerpo, como el shiatsu, la reflexología, los masajes, el tai chi, el yoga y otros tipos de ejercicio físico. Siente que la enfermedad desaparecerá por sí sola una vez se haya aprendido la lección que comporta, y está dispuesto a aceptar los cambios necesarios que reclama dicha enfermedad. Como ya habrá imaginado el lector, la persona que se puede clasificar en la tercera categoría o las personas con rasgos parecidos son más susceptibles de experimentar el efecto placebo o de curarse ellas mismas que las de la primera y la segunda categorías.
 
Una persona de la tercera categoría no tiene ninguna razón para creer que un medicamento o un tratamiento va a fracasar. Sabe simplemente que, dado que el motivo de la enfermedad es en realidad positivo, cualquiera que sea el resultado, va a salir beneficiado de ella. Si un tratamiento no funciona, no se sentirá decepcionado, sino lo suficientemente motivado para buscar alternativas. Si desde fuera no hay nada que parezca curarle de su dolencia, probablemente se dará cuenta de que tiene que hacerlo desde dentro. Sabe a ciencia cierta, o lo sabrá, que el sanador primordial es él mismo. Dentro de este grupo hay pocas personas que enfermen; se trata realmente de un tipo de personas que raramente contrae una enfermedad.

Para un número cada vez mayor de personas, los métodos de curación naturales trabajan más a favor de una respuesta placebo o una respuesta de curación que los tratamientos de la medicina convencional, lo cual explica el gran interés de hoy en día por los tratamientos médicos alternativos o complementarios.

Andreas Moritz

Si bien una persona del segundo grupo tiene grandes posibilidades de recuperarse dada su actitud positiva, puede que menoscabe el efecto placebo al reservarse ciertas dudas, «por si acaso…». El hecho de pensar de modo positivo se basa principalmente en su miedo y, por ello, no es suficiente para desencadenar una respuesta de curación apropiada. Puede que llegue a emitir a su sistema cuerpo-mente dos señales dispares: «Sí, con esta medicina me voy a encontrar mejor» y «Bien, pero necesito tener un plan B por si acaso éste no me funciona». La duda alimentada por el miedo anula la actitud positiva. La duda o el miedo son formas de energía.
 
La persona que se encuentra en la categoría 1 tiene muy poca autoestima y gasta toda su energía en echar la culpa de su deplorable situación a los demás, a su karma o a su mala suerte. Es incapaz de generar una respuesta placebo. De ahí que tenga siempre dolencias crónicas, a menos que empiece a valorarse a sí mismo y a revalorizar su vida. En muchas ocasiones, la enfermedad se manifiesta para descubrir cuánto se valora a sí mismo. Sólo se puede tener la misma fe en una sustancia, en un tratamiento médico, o incluso en Dios, que en uno mismo. Las propias dudas bloquean las energías sanadoras e impiden que trabajen. Una persona con baja autoestima carece de fe en sí misma. Y la fe en uno mismo es el elemento necesario para generar una respuesta placebo, imprescindible para curar cualquier enfermedad real (en vez de limitarse a acabar con los síntomas). Esta conexión funciona, asimismo, cuando una fuente externa, es decir, otra persona, como un terapeuta o un sanador, genera la respuesta curativa. La eficacia de la acción que un terapeuta o unas plegarias aporte a la persona enferma estriba en la implicación de las dos partes, pero, sobre todo, depende de la receptividad del enfermo, de su reconocimiento y aceptación. Si éste cree que merece curarse, su cuerpo y su mente estarán más receptivos a sus energías sanadoras, las cuales incluyen las generadas por las plegarias y los pensamientos amorosos. Para un número cada vez mayor de personas, los métodos de curación naturales trabajan más a favor de una respuesta placebo o una respuesta de curación que los tratamientos de la medicina convencional, lo cual explica el gran interés de hoy en día por los tratamientos médicos alternativos o complementarios.
 
Moritz, Andreas. Los secretos eternos de la salud (SALUD Y VIDA NATURAL) (Spanish Edition) (pp. 54-58). EDICIONES OBELISCO S.L.. Kindle Edition.
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