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Nuestra constante necesidad de limpieza de nuestro cuerpo

El cuerpo está continuamente inmerso en un proceso de autorrenovación. Cada día de nuestra vida, el cuerpo se enfrenta al reto de crear treinta mil millones de nuevas células.
Estructura con el sistema circulatorio del cuerpo huimano
El cuerpo está continuamente inmerso en un proceso de autorrenovación. Cada día de nuestra vida, el cuerpo se enfrenta al reto de crear treinta mil millones de nuevas células (anabolismo), pero para mantener la homeostasis también tiene que destruir la misma cantidad de células. La descomposición de las células muertas y desgastadas deja atrás un gran número de detritos celulares, que son recogidos y retirados instantáneamente por el sistema linfático. Esos desperdicios sólo pueden ser eliminados cuando existe la cantidad necesaria de agua para transportarlos y expulsarlos del cuerpo. Sin embargo, si el organismo está debilitado a causa de los sobreestímulos, de la alimentación excesiva o de la falta de sueño durante períodos prolongados (todos ellos son factores que causan deshidratación), el proceso de limpieza se torna ineficaz y las sustancias tóxicas empiezan a acumularse en los vasos linfáticos. Algunas de esas toxinas se infiltran en el torrente sanguíneo, lo que puede ocasionar una intoxicación de la sangre.

Si bien la intervención médica ha salvado la vida de muchas personas afectadas por enfermedades agudas, como derrames cerebrales o infartos, en las enfermedades crónicas apenas ha dado resultado.

Andreas Mortiz.
Para prever esta circunstancia y mantener el organismo tan puro como sea posible, el cuerpo intenta descargar muchas de las toxinas en el tejido conjuntivo (el fluido que rodea a las células). Puesto que el sistema linfático, responsable de eliminar la mayor parte de los residuos metabólicos celulares, de las células muertas y de las proteínas ácidas de la sangre del tejido conjuntivo, está ya congestionado, el entorno celular no puede limpiarse como es debido y cada vez se torna más tóxico. El pH que rodea a la célula se hace cada vez más ácido. Cuando el tejido conjuntivo alberga más toxinas, éstas empiezan a invadir los vasos sanguíneos y también las células de los órganos. Los primeros grupos de células en ser afectados por las toxinas son también los primeros en verse privados del suministro regular de agua, oxígeno y nutrientes; y, por tanto, los primeros en acusar una crisis de toxicidad. Una crisis de este tipo se refleja en la acumulación de demasiados componentes ácidos (acidosis), entre ellos ácido láctico, ácido úrico, amoniaco, urea, proteínas de la sangre y, por supuesto, varios tipos de toxinas.
 
Si bien tan sólo un órgano o parte del cuerpo puede desarrollar síntomas de acidosis, como una úlcera, una oclusión vascular o un tumor, en realidad es el conjunto del organismo el que enferma. Para hacer frente a esta precaria situación, todos los sistemas y órganos se suman a la lucha por la supervivencia. Lo hacen desviando la energía del sistema digestivo, muscular y otras zonas a la parte afectada. Esta acción concertada suministra al sistema inmunológico suficiente energía y medios para contrarrestar la amenaza que sufre el cuerpo debido a la elevada concentración de toxinas. Así, en el proceso de respuesta inmunológica, la persona afectada se siente muy débil, cansada y enferma. Sin embargo, éste no es el momento de interrumpir los esfuerzos de curación del cuerpo o de estimularlo de cualquier modo (con fármacos, comida, televisión, estimulantes o cualquier otra actividad). Lo que el cuerpo necesita es reposo. Durante una crisis de toxicidad, la mayoría de las personas suelen asustarse y acudir al médico, quien de modo inmediato intenta suprimir los síntomas de la respuesta curativa del cuerpo, la mal llamada enfermedad. Tras unas cuantas intervenciones, que normalmente consisten en la administración de medicamentos, el estado del paciente puede pasar de agudo a crónico. La incidencia de las enfermedades crónicas empezó a aumentar enormemente con el comienzo de la intervención médica mediante fármacos, cirugía y radiaciones. Todo esto interfiere en la respuesta curativa del propio organismo. Si bien la intervención médica ha salvado la vida de muchas personas afectadas por enfermedades agudas, como derrames cerebrales o infartos, en las enfermedades crónicas apenas ha dado resultado.
 
Moritz, Andreas. Los secretos eternos de la salud (SALUD Y VIDA NATURAL) (Spanish Edition) (pp. 80-82). EDICIONES OBELISCO S.L.. Kindle Edition.
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