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¿Es la carne un alimento natural para los humanos? 

Todos los productos cárnicos ya están contaminados de entrada por proteínas descompuestas o putrefactas.
Mujer agarrando carne envuelta en el supermercado

Desde hace mucho tiempo se viene advirtiendo a los vegetarianos de que no ingieren suficientes proteínas esenciales que se supone que deben tomar los humanos todos los días. Se sabe que los ocho aminoácidos que forman estas proteínas se pueden encontrar en una simple comida a base de arroz y alubias o en una ración de salvia hispanica («chía»), disponible en Internet a través de diversos sitios como www.chiaforhealth.com. El arroz contiene los aminoácidos que faltan en las alubias, y éstas contienen, a su vez, las que no tiene el arroz; la salvia hispanica contiene los 16 aminoácidos de la carne y, además, en mayor cantidad. Aunque existen muchos más alimentos no cárnicos que contienen esas proteínas que tipos de carne, todavía se considera que la carne es la mejor fuente de proteínas. El hecho de que comer demasiadas proteínas esté asociado a muchos más problemas de salud graves que comer muy pocas apenas se tiene en cuenta, en el mejor de los casos, en el debate sobre las proteínas. 

“Los típicos trastornos derivados del consumo excesivo de proteínas son la osteoporosis, las enfermedades del corazón, la artritis reumatoide y el cáncer.”

Andreas Moritz

En cambio, quienes nunca toman proteínas animales como las que contienen la carne, el pescado, los huevos y los productos lácteos presentan unos índices muy bajos de estas enfermedades y tampoco sufren deficiencia proteica, siempre que coman cantidades suficientes de frutas, verduras, cereales, legumbres y unos cuantos frutos secos y semillas. No está demostrado científicamente que las personas que jamás han comido proteínas animales, como el propio autor de este libro y varios miles de millones más, tengan deficiencia de proteínas. En cambio, nuestras sociedades modernas consumen por lo menos un 50 % más de proteínas que las realmente necesarias. Tal vez, en lugar de una falta de proteínas, al margen de si esto se refiere a los aminoácidos esenciales o a los no esenciales, haya que hablar de un consumo excesivo de proteínas. Al llenar los tejidos conectivos de nuestro organismo con proteínas sin usar, convertimos el cuerpo en un pozo rebosante de ácidos y residuos nocivos, creando de este modo un terreno abonado para la enfermedad, incluida la arteriosclerosis e infecciones bacterianas o víricas. Considerar la carne un alimento natural para los seres humanos es, por tanto, algo más que una exageración, especialmente cuando se sabe que acaba con la vida de tantas personas.

En la raíz del problema se halla la incapacidad del ser humano para descomponer debidamente la proteína de la carne en aminoácidos. Trozos de carne sin digerir penetran en el tracto intestinal, arrastrando consigo a los parásitos. La mayoría de estos últimos, también denominados duelas o tremátodos intestinales, resisten tanto el calor aplicado durante la cocción como los ácidos del estómago humano. Los animales carnívoros, por otro lado, acaban con estos parásitos al instante mientras la carne pasa por su estómago. Esto se debe a que su estómago produce veinte veces más ácido clorhídrico que el nuestro. Esta enorme cantidad de ácido ayuda al animal a descomponer las proteínas de la carne en sus componentes esenciales. Si un hombre joven y sano come un pedazo de carne, tal vez podrá digerir un 25 % del mismo. En cambio, los animales carnívoros son capaces de digerir casi la totalidad de la pieza, incluidos los huesos y el tejido fibroso. Los parásitos y microorganismos no sobreviven a este «ataque» ácido.

La función digestiva principal en los animales carnívoros tiene lugar en el estómago y no en el intestino delgado. La carne permanece en su tracto intestinal, que es relativamente corto, durante poco tiempo. Nuestro intestino delgado, que mide de 5 a 6 m de longitud, procesa la mayoría de alimentos naturales durante varias horas. La carne, en cambio, puede permanecer en el intestino delgado durante nada menos que de 20 a 48 horas, período en que buena parte de ella se pudre y descompone. El proceso de putrefacción da lugar a la generación de los venenos de la carne: cadaverina, putrescina, aminas y otras sustancias altamente tóxicas. Estos venenos empiezan a actuar como agentes patógenos (factores causantes de enfermedades) en el organismo. Muchos de ellos van a parar al sistema linfático, provocando una congestión de la linfa y la acumulación de líquido y grasa, primero en la parte central del cuerpo y, finalmente, en el conjunto del mismo. Puesto que los restos de la carne no digerida pueden acumularse y permanecer en las paredes intestinales de los humanos durante de 20 a 30 años o más, no es extraño que el cáncer de colon sea una enfermedad frecuente entre los humanos carnívoros y prácticamente inexistente entre los vegetarianos y los animales carnívoros. El cáncer de colon, en la mayoría de los casos, no es más que otro nombre del envenenamiento constante por carne putrefacta. Se sabe que mientras es digerida, la carne genera metabolitos esteroideos que tienen propiedades cancerígenas (es decir, que producen cáncer). En otras palabras, incluso si se es capaz de digerir la carne debidamente o de comer carne «sana» de ganado criado al aire libre y no alimentado con cereales, se seguiría incrementando el riesgo de padecer cáncer de colon. 

Los riñones, que extraen productos residuales de la sangre, también sufren debido a la sobrecarga de venenos cárnicos, consistentes en su mayor parte en desechos nitrogenados. Incluso los carnívoros moderados hacen trabajar a sus riñones tres veces más que los vegetarianos. Los jóvenes, en general, todavía pueden ser capaces de soportar este esfuerzo, pero a medida que crecen y envejecen, el riesgo de insuficiencia renal aumenta bastante. 

Después de muchos años de consumo regular de carne, el cuerpo puede sucumbir de pronto a la marea de sustancias venenosas que emanan de la carne no digerida. Un estudio científico realizado en Alemania ha demostrado que las personas de mediana edad que consumen carne para cenar son más propensas a sufrir un ataque cardíaco a la mañana siguiente que las que no cenan carne. La entrada de una cantidad excesiva de proteínas en el torrente sanguíneo puede espesar la sangre y reducir drásticamente el abastecimiento de oxígeno al corazón y otros órganos vitales, como el cerebro. 

Las células de los animales, a diferencia de las de las plantas, que tienen una pared rígida y un sistema circulatorio simple, sucumben con gran rapidez cuando se les corta el suministro de sangre. Apenas muerto el animal, sus proteínas celulares empiezan a espesarse y endurecerse (coagulación) y las células se descomponen rápidamente debido a unas enzimas destructivas. Esto, a su vez, da pie a la formación de una sustancia degenerativa llamada tomaína, que es la causa conocida de numerosas enfermedades. La destrucción celular se produce en las células de todos los tipos de carne de animales muertos, incluidos el pollo y el pescado. Todos los productos cárnicos ya están contaminados de entrada por proteínas descompuestas o putrefactas. Un animal muerto deja de ser «fresco» inmediatamente. Al margen de lo que se haga con él, es imposible devolverle la vida o convertirlo en alimento vivo para nuestro cuerpo. La putrefacción y el crecimiento bacteriano se ponen en marcha nada más ocurrir la muerte del animal y ya han alcanzado una fase muy avanzada cuando la carne lleva varios días o semanas muerta, como sucede cuando se ofrece a la venta en la mayoría de supermercados o carnicerías. 

Tanto si se trata de E. coli, de otras bacterias o de enzimas que actúan sobre la proteína muerta ingerida, el caso es que ponen «en pie de guerra» al sistema inmunológico del cuerpo; de ahí el efecto estimulante de la carne. En función de los recursos físicos y de la capacidad inmune de cada uno, el cuerpo puede verse finalmente superado por el influjo de venenos virulentos y gérmenes destructivos y generar síntomas de enfermedad. Quienes tienen el sistema inmune más débil suelen ser los primeros en sufrir los efectos del envenenamiento producido por la carne. 

Sí, los alimentos pueden transformarse realmente en un veneno mortal y matar a las personas. Los tipos de venenos que se derivan de la putrefacción (descomposición) de la carne o del pescado en el cuerpo son algunos de los más potentes que se encuentran en el mundo natural. Muchos de los centenares de miles de personas mayores frágiles que están ingresadas actualmente en hospitales morirán innecesariamente tan sólo porque les dan carne o pescado para comer, una misión imposible para el sistema digestivo tras una intervención quirúrgica o un ataque cardíaco o durante el tratamiento de una enfermedad crónica. A menudo estreñidos, estos pacientes no sucumben a su enfermedad, sino que más bien fallecen a causa de la carne podrida atascada en su tracto gastrointestinal, de la que emanan cadaverina, putrescina, aminas y parásitos que invaden su sistema digestivo. 

Toda la anatomía del hombre (mandíbulas, dentadura, sistema digestivo, manos y pies), como la del gorila o del orangután, demuestra que tiene que haber evolucionado durante millones de años comiendo frutas, cereales, verduras, frutos secos y semillas. Antes del último cambio súbito de polaridad de la Tierra y de la última glaciación, ningún ser humano habitaba en las regiones frías del planeta. Todos ellos vivían en las cálidas zonas tropicales donde tenían bastante alimento vegetal a su disposición. De pronto, sin embargo, las zonas anteriormente tropicales de Siberia y la región ártica experimentaron un brusco descenso de las temperaturas. Los animales se morían de frío en un instante, mientras todavía masticaban frutos tropicales. Algunos de estos animales han sido hallados hace poco, miles de años después, totalmente intactos, con los frutos todavía en la boca. La profunda ola de frío se extendió con tal rapidez que ni siquiera les dio tiempo para tragar el fruto que estaban comiendo. Esos humanos y animales que tenían la suerte de vivir en otras zonas tropicales del planeta conocieron cambios climáticos más moderados y, de este modo, lograron sobrevivir al repentino comienzo de la glaciación. Sin embargo, tuvieron que aprender a convivir con las estaciones del año, tal como las conocemos ahora. En las estaciones frías no tenían más remedio que matar animales para comer. Entonces fue cuando la caza y el consumo de carne se volvieron una necesidad. Pero esto no tiene nada que ver con el diseño original de la constitución humana. Es más, el consumo de carne no es una cuestión programada de alguna manera en determinados grupos sanguíneos, como quieren hacernos creer los promotores de la dieta según el grupo sanguíneo. 

Los animales no carnívoros, incluido el ser humano, tienen intestinos largos, diseñados para la digestión lenta de frutas y verduras ricas en nutrientes. Nuestra estructura dental sólo nos permite cortar frutas y verduras con los incisivos (pensemos en lo útiles que nos resultan cuando comemos una manzana) y para triturar y moler frutos secos, granos y semillas con ayuda de los molares. Nuestros caninos, cortos y romos, no tienen ninguna capacidad efectiva para cortar y desgarrar carne. De hecho, nuestra anatomía no posee nada comparable con las zarpas afiladas de un tigre o un águila. La mano humana, con el pulgar separado para hacer pinza, está más preparada para recoger frutas y verduras que para matar presas. Si fuéramos carnívoros por naturaleza, también nosotros estaríamos dotados de las mismas o similares aptitudes para la caza que los animales carnívoros.

Moritz, Andreas. Los secretos eternos de la salud (SALUD Y VIDA NATURAL) (Spanish Edition) (pp. 387-393). EDICIONES OBELISCO S.L.. Kindle Edition. 

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