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Los peligros de las ecografías 

Las mujeres embarazadas no tienen información sobre las posibles consecuencias que pueden ocasionar las ecografías.
Médico haciendo una ecografía a una mujer embarazada

A mediados de la década de 1980, más de cien millones de personas en todo el mundo habían sido objeto de una o más ecografías antes de nacer. Hoy día, prácticamente todas las mujeres embarazadas de Europa y Norteamérica se someterán a una ecografía o escáner ultrasónico con motivo de su primera exploración médica del embarazo; sólo unas cuantas se cuestionan si es necesario y otras muchas menos no saben que es potencialmente peligroso. La mayoría de las publicaciones femeninas, periódicos y libros para embarazadas suelen recomendar el uso de las ecografías para comprobar la salud y el desarrollo del feto, a pesar de que no existen estudios que prueben que la realización de una ecografía comporta más beneficios que la no realización. Una institución oficial, el American College of Obstetrics and Ginecology (Colegio de Obstetricia y Ginecología, ACOG en sus siglas en inglés) admite que no existe ningún estudio controlado que haya demostrado que la realización rutinaria de ecografías de las mujeres embarazadas mejore los resultados de los embarazos. 

Por otra parte, investigadores de Nueva York estudiaron a 15.000 embarazadas que se habían sometido a una ecografía. El estudio concluyó que este método no aportó ningún beneficio en ninguno de los casos de alto riesgo, como partos prematuros, muerte fetal, partos múltiples, embarazos tardíos, etc. En realidad, hasta el día de hoy, los ultrasonidos no han aportado ninguna información que tenga valor clínico. Por el contrario, en la actualidad hay más pruebas de que pueden ser peligrosos tanto para la madre como para el niño que va a nacer. 

“La Asociación para la Mejora de los Servicios de Maternidad (AIMS, en sus siglas en inglés), de Inglaterra, registró casos de mujeres que abortaron niños totalmente sanos a causa de una interpretación equivocada de las ecografías. 

Andreas Moritz

En 1990, unos investigadores finlandeses llevaron a cabo un amplio estudio científico en torno a los ultrasonidos. A partir de las ecografías se diagnosticaron 250 casos de mujeres con placenta previa (una placenta que cubre parcial o totalmente el cuello uterino e impide, por tanto, que el niño nazca por vía vaginal) en la primera etapa del embarazo. Se dijo a estas mujeres que tendrían que someterse a una cesárea, pero llegada la hora de dar a luz, sólo cuatro de ellas tenían todavía placenta previa. En la mayoría de los casos, la placenta se desplaza cuando el útero empieza a desarrollarse. Irónicamente, en el grupo de estudio que no se sometió a ninguna ecografía sólo hubo cuatro mujeres con placenta previa y todas ellas dieron a luz sin problemas.

A pesar del hecho de que publicaciones de renombre como The Lancet, The Canadian Medical Association Journal y New England Journal of Medicine se han pronunciado sobre los peligrosos efectos del uso de los ultrasonidos, la medicina académica ha hecho caso omiso de las pruebas negativas. Incluso la FDA estadounidense ha comentado los peligros de los ultrasonidos. Según un reportaje de la agencia Associated Press, su postura con respecto a esta técnica es la siguiente: «Los ultrasonidos son una forma de energía y diversos estudios de laboratorio han demostrado que incluso en niveles bajos pueden producir efectos físicos en los tejidos, como vibraciones discordantes y un aumento de la temperatura […]. Los ultrasonidos prenatales no pueden considerarse inocuos». 

Millones de mujeres de todo el mundo, ignorantes del peligro potencial de los ultrasonidos, participan en el mayor experimento médico de todos los tiempos. Sus hijos son las cobayas del experimento; son vulnerables a las influencias externas e internas, pues sus delicados campos magnéticos se distorsionan, desalinean o dañan a causa de las dosis altamente concentradas de ultrasonidos, cuya exposición no es ni natural ni conveniente para ningún ser humano. No podemos basarnos únicamente en las máquinas para realizar diagnósticos sólo porque se considera que las máquinas fallan quizás menos que los médicos. Cualquier descubrimiento tiene que interpretarse adecuadamente antes de utilizarse como guía para un tratamiento. Como se demostró en el estudio mencionado, el 98,4 % de las complicaciones iniciales que se producen durante el embarazo desaparecen por sí solas, pues el cuerpo sabe cómo resolver perfectamente tales problemas sin ninguna intervención. Las máquinas no saben que las lecturas que proporcionan pueden originar diagnósticos erróneos. 

Un falso diagnóstico no es la única desventaja que puede derivarse de un uso indiscriminado de los ultrasonidos. En 1993, unos investigadores australianos examinaron a 3.000 mujeres y descubrieron que la realización de frecuentes ecografías entre la 18 y la 38 semana del embarazo puede hacer que los niños nazcan con un tercio menos del peso normal. Estudios similares han revelado que los bebés que han sido objeto de un escáner ultrasónico Doppler (para examinar el suministro de sangre al feto) han pesado menos al nacer que los que no se han sometido a él. 

Si el peso de un bebé se reduce por efecto de los ultrasonidos, ¿qué pasa con otras funciones todavía más importantes para el crecimiento de un niño? Un profesor de Calgary, en Canadá, descubrió que los niños que se exponen con frecuencia a ultrasonidos antes de nacer tenían el doble de problemas con el habla. El médico canadiense James Campbell descubrió que una sola ecografía prenatal puede bastar para causar un retraso en el habla. Existen estudios noruegos que indican que las exploraciones ultrasónicas pueden ocasionar incluso ligeros daños cerebrales en los fetos. 

Un estudio sueco a gran escala mostró que existía una conexión entre el uso de los ultrasonidos y la característica de ser zurdo, fenómeno que a menudo se debe a un ligero daño cerebral prenatal. El estudio puso de manifiesto que en el grupo que fue objeto de ecografías había un 32 % más de probabilidades de ser zurdo que en el grupo que no fue objeto de dicho tratamiento. Ni qué decir tiene que, desde 1975, cuando los médicos empezaron a utilizar los agresivos ultrasonidos de la ecografía en la última etapa del embarazo (generalmente para determinar el sexo del feto), los índices de niños zurdos aumentaron notablemente, especialmente entre los varones. 

Los ultrasonidos se aprobaron como instrumento médico de diagnóstico dentro de una categoría diferente de la utilizada para aprobar medicamentos. La ciencia no ha estudiado todavía los efectos de esas diferentes fuerzas energéticas. Mientras esto siga así, las ecografías se amparan bajo el concepto de «protección legal». La falta total de investigaciones científicas que respalden la seguridad de estas prácticas debería hacer que tanto los médicos como las mujeres embarazadas actuaran con suma cautela. 

Sin embargo, hacer ecografías a las mujeres embarazadas ha llegado a ser una práctica tan habitual hoy en día que hay pocas mujeres que no deseen someterse a esa prueba. La ecografía permite que los padres conozcan a su hijo antes de que nazca, aunque antes de que se inventaran los ultrasonidos las mujeres ya sabían estar en contacto con sus hijos. En la actualidad se puede saber si será niño o niña, lo que no deja lugar a sorpresas. Se puede saber también la fecha exacta del parto, si bien, suponiendo que no haya complicaciones, uno puede calcular la fecha del nacimiento por sí mismo. La ecografía permite saber si el feto sufre síndrome de Down, aunque no determina en qué grado. La información que aportan los ultrasonidos no es muy significativa, pues, en general, los niños no pueden tratarse antes de nacer ni inmediatamente después. Tras examinar todos los resultados de las pruebas publicadas sobre la utilización de ultrasonidos, un equipo de médicos suizos consideró que éstos no mejoraban la condición de los niños. 

Por otra parte, un amplio ensayo realizado en Estados Unidos concluyó que el uso de ecografías en embarazadas no comportaba diferencia alguna con respecto a la tasa de mortalidad prenatal o de neonatos enfermos en comparación con los que no habían sido objeto de ninguna ecografía. Sin embargo, lo más desconcertante es que se va a introducir la última tecnología ultrasónica sin pasar previamente por ninguna prueba. Se trata de una sonda vaginal cubierta por un condón que se introduce directamente en la vagina. Esta nueva tecnología permite que el médico tenga una visión mejor del feto, aunque éste recibe también una dosis de ultrasonidos mucho más alta. 

Si bien hay un número creciente de profesionales sanitarios que están muy preocupados por el uso sistemático de las ecografías, las mujeres embarazadas no tienen información sobre las posibles consecuencias que puede ocasionar su utilización. Las ecografías se realizan de modo rutinario, pero cada cual tiene derecho a rehusarlas. Un escáner ultrasónico sólo está justificado en el caso de que una mujer tenga un dolor localizado o cuando el médico o la comadrona encuentren una razón convincente. Casos así son infrecuentes. Hasta el momento, los ultrasonidos han demostrado repetidamente que no aportan ninguna ventaja con respecto al resultado final de un embarazo normal.

Moritz, Andreas. Los secretos eternos de la salud (SALUD Y VIDA NATURAL) (Spanish Edition) (pp. 911-914). EDICIONES OBELISCO S.L.. Kindle Edition. 

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